-¿Dónde está el secreto del mundo?- me preguntó, otra vez, clavándome su pupila zarca. Y, moviendo la cabeza hacia el cielo, suspiré.-¿Por qué dices que no está en la matemática -continuó-, siendo esta amante de la verdad y de la razón?
-Porque los números- dije volviéndome a Ella-, son realidades infinitas. Jamás podremos hallar en ellos, como sucede con el arte, algo que nos deleite profundamente y nos abra sus puertas; no, ellos son afectos herméticos, exquisitos, no asequibles para el soñador, y pese a sus esfuerzos aún no logran medir los grandes valores de la Belleza, porque los desconocen. Los números son definiciones limitadas.
Ella me miró ofuscada.
-Entonces, el secreto del mundo está en las palabras...
-De ninguna manera- espeté-. Las palabras pueden crear, no lo dudo, universos maravillosos en la mente del erudito, en el pincel del artista, en el alma del soñador. Supónense inagotables y fuentes de la vida, pero las palabras, al igual que las personas, son insuficientes. Detrás de ellas habrá siempre gozo y paraíso, pero delante, una simple ornamentación del lenguaje. Obran a modo de herramientas: con ellas nos es dable expresar lo que nuestro rostro oculta en un sinfín de sarcasmos; al menos, las almas como las nuestras tenemos esta característica. Las palabras son, así, significados incompletos.
Reinó el Silencio en el gran salón.
-¿Entonces?- murmuró.
Y tomando mi libro de lectura, libro en el que los números y las palabras conjugaban para formar el más sincero poema humano, le acerqué un pasaje rico no sólo en minuciosidades y en delicadezas, sino también en verdades. Y el asunto había quedado concluido.
"Tengo para mí- dijo en cierta ocasión- que un pétalo de una flor o un gusanito del camino dicen y encierran en sí mucho más que todos los libros de la biblioteca. Con letras y palabras nada se puede decir. Acontéceme a veces escribir alguna letra griega, una theta o una omega, y apenas vuelvo un poco la pluma, la letra empieza a colear y es ya un pez y en un segundo hace recordar todos los arroyos y ríos del mundo, todo lo fresco y húmedo, el mar homérico y las aguas donde caminó San Pedro; o bien la letra se transforma en ave que endereza la cola, se infla, ríe, sale volando...¿Tú, Narciso, no das gran importancia a esas letras? Pues bien: yo te digo que con ellas escribió Dios el mundo."
A un alma artística: Lo único que nos consuela de sufrir por momentos es el hecho de amar para siempre.







